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El milagro de Nuestra Dama de los Ardientes en Arras

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Hacia el final del siglo XI, una epidemia llamada “el mal de los Ardientes”, en el norte de Francia, se propagó por varias provincias de Francia y por Europa, en el momento en que las últimas reservas de cereales que habían quedado del invierno fueron infectadas por un hongo. Los cereales, en particular el centeno, fueron contaminados por el cornezuelo, que les daba un aspecto violáceo, duro y recurvado, de ahí el nombre de “el cornezuelo del centeno”. Pero en aquella época el centeno parasitado se consideraba una variedad propia y se conocía como centeno recurvado. Los muy variados efectos tóxicos del cornezuelo explicaron las diferentes formas de la enfermedad: a algunos enfermos se les ennegrecieron y resecaron los miembros después de una gangrena. Otros tuvieron convulsiones, vómitos, dolores torácicos o temblores… Pero se produjo en Arras un milagro gracias a dos malabaristas, Normand e Itier.

En la noche del miércoles 24 al jueves 25 de mayo del año 1105, Itier, de Tirlemont (ciudad de Bélgica), fue favorecido por una aparición de la Virgen María, que le ordenó que se fuera a la Santa Sión de Arras, donde agonizaban 144 personas. Ella quería que convenciera al sacerdote Lambert de Guînes de que era necesario rezar y encomendarse a la Virgen, que le confiaría un cirio en la noche de Pentecostés. El agua, purificada por algunas gotas de cera del cirio, debía curar a los enfermos. La Virgen también pidió a Itier que hiciera participar a Normand, otro malabarista del condado de Saint Pol. Sin embargo, ambos malabaristas se profesaban un profundo odio desde que Normand había matado al hermano de Itier.

La Virgen también se le apareció a Normand y le pidió que hiciera lo mismo. Al despertarse, Normand vaciló porque no tenía ganas de ir a Arras y aún menos de encontrarse con Itier. La Virgen María volvió a visitar a Normand varias veces antes de que se decidiera. Éste fue el primero en llegar a la iglesia y se reunió con el sacerdote Lambert, que no creyó su historia. Itier llegó un poco más tarde y contó su misión al sacerdote, que le acusó también de engaño hasta que se dio cuenta de que ambos malabaristas no podían haberse inventado esta historia puesto que se odiaban. Entonces, el sacerdote los puso en guardia: todos los enfermos perecerían si su corazón seguía albergando rencor. Horrorizados por lo que estaban viendo, Normand e Itier obedecieron en seguida y, tras reconciliarse, empezaron a rezar en la noche del 27 al 28 de mayo, en presencia del sacerdote Lambert. Por la mañana, la Virgen se apareció en la catedral llevando un cirio que entregó a Lambert y les ordenó que destilaran algunas gotas de su cera en un agua que luego harían beber a los enfermos. Cuando llevaron a cabo esta orden, todos los enfermos fueron curados, a excepción de uno que falleció por falta de fe.

La santa vela fue venerada durante seiscientos años y, mezclada con agua, curó heridas, inflamaciones y úlceras.

La iglesia Nuestra Dama de los Ardientes fue edificada a mediados del siglo XIX. Los restos del santo cirio están conservados en un estuche en el tesoro de la Catedral, en la abadía San Vaast, donde los visitantes pueden admirar la calidad y la finura de su ornamentación.

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